white black pagoda temple
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Por Laura Paús

Enero. Decidí viajar a la montaña para cambiar de aires. El ajetreo del año apenas finalizado parecía no detener su inercia. El ritmo de los acontecimientos me había superado. Necesitaba claridad.

Un templo del budismo zen en medio de las sierras. La noticia de su existencia llegó en el momento indicado. Ojo de agua, su nombre (decían que allí brotaba el agua de un manantial).

El viaje fue corto, sin complicaciones. Rápidamente estuve allí. Quizás ya había estado allí. El lugar me era familiar, profundo, sencillo. El tiempo detenido y la certeza sin tiempo: qué pequeña era allí sola… y sin necesidad de nada. Los árboles, los pájaros, el viento, la paz. La plenitud se respiraba en aquel lugar.

Una austera puertita de ramas sobre un alambrado. Un cartel. Unas letras dibujadas a mano decían “monjes meditando” y un dibujo de unas manos en postura de meditación me decían mucho más. Busqué ese gesto en mi libro compañero de viaje Manual de filosofía zen: “….mudra, símbolo del vacío, puerta de acceso a la meditación.” No pude encontrar más información.

Más allá del cerco se divisaba el templo, construido sobre una plataforma. El equilibrio de su techo a cuatro aguas. Su arquitectura despojada. Sus ventanas y un inocente caminito sinuoso desembocaba en un acceso lateral. Pero por el momento yo debía permanecer detrás de la pequeña puerta. Como una frontera de incertidumbres me separaba del lugar de mi deseo y aquella separación disparaba un torbellino de fantasías en mi mente. Al otro lado, un séquito de monjes, con sus trajes llenos de pliegues. Seguramente meditaban. Una energía especial inundaba el lugar. Podría unirme de un momento a otro. Sólo era cuestión de esperar. Me desentendí de mi mochila  y me senté frente a la pequeña puerta. Sólo esperar. Alguien saldría y me invitaría a pasar. La tierra y la hierba comenzaban a humedecer mis pantalones. Una sensación de frescura e inmediatez me rodeaba.

Unos golpes sordos sobre una madera captaron mi atención. Un eco. Me quedé escuchando, atenta… Nada… Y otra vez. Comenzaban amables y pausados… se iban precipitando… se perdían en la amplitud del paisaje. El eco. Recordé el llamado a meditación que se realizaba en estos templos: Al costado de la puerta una especie de martillito de madera se golpeaba sobre una tablilla también de madera. ¿Sería al fin éste el llamado al que debía responder? Y otra vez. Los golpes. Ahora provenían desde lo alto. Resonaban sobre mi cabeza. Elevé la mirada y sobrevino el asombro: un pájaro carpintero, golpeaba con su pico afilado la rama de un árbol.

El tiempo trancurría y todo seguía igual. Habrían pasado dos horas. El sol se esccondía y mi soledad, entre las sombras, comenzaba a inquietarme. Pero decidí esperar un rato más. Ya estaba allí. No había mucho que perder. Mis expectativas iban cayendo junto con la tarde. Mis pensamientos se aquietaban. Los colores se hacían más tenues. La mirada perdida hacia la tierra. Comencé a observar el suelo árido, con algunos sectores cubiertos de un pasto en apariencia débil y descolorido. Otros lamparones sólo de tierra. Esta imagen poco alentadora ocupaba mis pensamientos cuando, sorpresivamente,  mis ojos dejaron de fijarse en algo en particular y, en un instante, tuve ante mí la visión completa del lugar, la tierra en la que estaba sentada se volvió transparente y pude divisar que había algo más allá; traté de mantener la calma y la mirada relajada, aquella mirada cautiva que ya no partía de mis ojos sino de algún sitio inmensamente más profundo dentro de mí… comencé a ver que aquellos lamparones sin pasto se cubrían de brotes de un verde muy intenso que crecían  desde muy adentro de la tierra y aquella visión me llenaba a tal punto que apenas necesitaba respirar y ante mí que no era más que algo invadido por el asombro pude ver cómo esas hierbas cada vez más intensamente verdes crecían en forma de espiral como si sus pequeñas hojas fueran peinadas por un remolino cuyas vueltas se perdían hacia el infinito…

La noche lo cubrió todo. Emprendí mi camino. Más tarde supe que aquel lugar se encontraba, en esa época del año, deshabitado.

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