Orígenes

Los distintos yogas que se agrupan bajo la palabra yoga tienen distintos orígenes. Algunos son modernos, otros tienen sus raíces en los Vedas mientras que otros, quizás, deban buscar sus raíces más atrás en la historia.

Las primeras manifestaciones culturales asociadas al Yoga, se remontan a la civilización que se desarrolló en el Valle del río Indo (actual Pakistán) hace, aproximadamente, cinco mil años. En el siglo XIX, en esa región, fueron encontrados sellos de piedra que muestran una figura humana, asociada al dios Śiva, en una postura (aparentemente) yóguica.

Sellos de piedra de la civilización de Mohenjo-daro

Si bien no parece haber suficientes elementos para afirmar que en ese momento histórico ya existían ciertas técnicas corporales, ni tampoco que recibían el nombre de yoga, no resulta descabellado pensar que entre las prácticas expuestas por el Haṭhayoga y lo que se muestra en esos sellos existió una cierta continuidad.

Dicha postura, según se deja ver en la imagen, coincide con la llamada kūrmāsana o postura de la tortuga (y no, como suele decirse, padmāsana o postura del loto), mencionada en la Haṭhayogapradīpikā, uno de los primeros tratados sobre el Haṭhayoga; y es similar también, a la llamada mūlabandhāsana por los maestros Satyananda y Iyengar en el siglo XX. A partir de la práctica y la observación de su técnica, es posible hacer algunas deducciones acerca de las características del yoga en tanto práctica o disciplina psicofísica y sus aspectos relevantes:

Por un lado, el hecho de colocar el cuerpo en cierta postura (āsana) nada sencilla de adoptar, supone cierta destreza física, entrenamiento y trabajo previo para llegar a ella; por otro, se evidencia la presencia de una contracción o, más bien, presión sobre cierta/s parte/s del cuerpo (bandhā), en este caso es el talón el que presiona la musculatura del suelo pélvico -la finalidad de esta presión era, según muchos textos del Haṭhayoga, estimular los centros vitales (cakra) y redireccionar el flujo de la energía sutil (praṇa) para lograr el “despertar de kuṇḍalinī” (este despertar, es considerado en el Haṭhayoga, como un paso necesario para lograr el estado contemplativo conocido como samādhi)-.

En este sentido, la observación de esta postura nos hace pensar en una práctica que involucraba no sólo aspectos físicos, sino también otros más sutiles, como son los aspectos relativos al manejo del prana y otros relacionados con la mente y el control de los sentidos. En la Bhagavad Gītā, se utiliza la imagen de la tortuga, en su reflejo de meter los miembros dentro de su caparazón, para compararla a la acción de retraer los sentidos (por parte del que practica) para estabilizar la mente.

Referencias: Dhyanski, Yan “The Indus Valley Origin of a yoga practice” ; Haṭhayogapradīpikā ; Svami Satyananda, Asana, pranayama, mudra, bandha, Bihar,1969; Iyengar, B. K. S., Light on Yoga, New York, 1977.

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